
Al otro lado de las rejas
Por: Juan Ramón Chala Alzate
Asignatura: Gramática
Cuando una persona se encuentra al límite de la desesperanza, cuando cree que no tiene más opciones, cuando piensa que todo va en declive y está justo a punto de darse por vencido, es probable que sucedan dos cosas; la primera, es que efectivamente se rinda y todo se vaya al carajo; la segunda, es que canalice y transforme esa energía y desesperación, en algo positivo, que tome decisiones y enfrente un nuevo rumbo. Y justamente ahí me encontraba yo, tiempo atrás.
Luego de un accidente de tránsito, tuve que vender mi moto para indemnizar a unas personas injustamente, y es aquí, donde empieza una serie de eventos desafortunados que me hicieron quizá, tomar una de las mejores decisiones que he podido elegir, y fue la de prestar mi servicio militar en el INPEC.
Es justo en este momento, en que salgo de mi zona de confort y me encuentro con una realidad que hasta entonces, desconocía por completo; las cárceles y todo lo que ellas significan, era algo para lo que, en definitiva, no estaba preparado, los internos, las órdenes, el ejercicio, el desprendimiento familiar, el recibir insultos, el trasnochar, el madrugar, en fin, el adaptarse a un ritmo de vida tan intenso y ajetreado como este, fue todo un reto.
Este año de servicio para mí, fue tan largo como productivo, aprendí a valorar hasta lo que no tenía, todo lo que antes parecía cotidiano, rutinario, sin valor, ahora era todo lo contrario; la comida, un abrazo, un beso, un “buenos días”, entre otras tantas cosas, desde que viniera de mi mamá o mi abuelita, no tenía precio.
Fue entonces cuando descubrí, que quería continuar mi carrera en esta institución e hice hasta lo imposible para que así fuera; no fue fácil en lo absoluto, pero esto significaba que de verdad valía la pena; a la convocatoria se presentaron muchas personas y habían pocos cupos, tuve que ser muy disciplinado, me preparé física, psicológica y académicamente para presentar cada prueba y gracias a ello, hoy puedo decir con orgullo, que lo conseguí.
El entrenamiento y curso de complementación que hice para profesionalizarme, fue tortuoso, dormíamos muy poco, el día empezaba a las 3 de la mañana con una rutina de ejercicio en plena sabana de Bogotá (Funza – Siberia), y finalizaba sobre las 11 o 12 de la noche, en el transcurso del día no había tiempo para descansar, las horas se iban en las filas para comer, estudiando, haciendo ejercicio, aseando la escuela y siendo gaseados, fue una corta estancia en realidad, pero pese a las condiciones, daba la impresión de que los días tuvieran más horas.
Todo esto tiene su razón de ser, este tipo de entrenamientos tiene como objetivo formar un carácter fuerte; no es una profesión fácil o para todo el mundo, claro que no, en mi día a día, tengo que enfrentarme con un sinfín de novedades, desde insultos, hasta amenazas.
He trabajado en tres establecimientos al día de hoy, Cárcel la 40 en Pereira, Cárcel Picota en Bogotá y COIBA Picaleña en Ibagué, sin duda, esta última ha sido la cárcel donde más he aprendido; he tenido que ver motines de diferentes magnitudes, he visto personas ardiendo, he visto gente morir, he visto internos auto flagelándose por aparentes síndromes de abstinencia, cortando sus muñecas, sus cuellos, incluso sus propios dedos u orejas, compañeros apuñalados, secuestrados, muertos saliendo del establecimiento; he visto al ser humano reducido a su mínima expresión, al punto de usar sus heces y orina, como amenazas ante uniformados que solo cumplimos con nuestra labor que es la de mantener el orden al interior del establecimiento.
Hoy en día, doy gracias a Dios por esta oportunidad y por el rumbo en que me direccionó, porque en medio de mi desesperanza y mis problemas, supo guiarme por el camino correcto, a diario lo veo en el espejo al que me enfrento, al otro lado de las rejas se esconde una realidad, las cárceles no distinguen entre clases sociales, sexos, religiones, culturas, etc. Perder la libertad debe ser el peor castigo al que se puede someter el hombre, arrebatar algo que es propiamente inherente al ser humano, es el resultado de una acción y ellos deben pagar por esto.