
No es para siempre
Por: Leidy Johany Zapata Aguirre
Asignatura: Gramática
Toda historia cuenta con un principio y un final, pero a ésta, mi historia, su final aún está por llegar; lo digo porque culminada mi condena será la última etapa y el inicio de una nueva crónica.
Mi ingreso a esta reclusión ocurrió en el mes de febrero del año 2012, no recuerdo exactamente el día o mejor tengo confusión si fue el 12 ó el 21, no sé si será un problema de discalculia o de memoria.
Los hechos si son inolvidables, recuerdo claramente que el clima cálido me abofeteó fuertemente, pues venía de la ciudad de Manizales y el cambio de temperatura fue notorio.
Al calor tan intenso que sentía se sumó la tristeza y el hastío de llegar a una cárcel de máxima seguridad donde las restricciones son notables, limitan el ingreso de ropa, zapatos, implementos de aseo, maquillaje, en fin, todo artículo es contado uno a uno.
Para mayor angustia me dotaron con un uniforme o como le dicen en el penal “un chanchón”, usado y no en buenas condiciones; es difícil despojarse de la ropa propia y limpia para vestirse con cosas sucias y usadas.
Cuando se llega por primera vez a un lugar uno se siente vulnerable y todavía más cuando se ingresa a la cárcel, lugar establecido para humanos, pero temido por todos.
Durante mi larga estadía en este sitio (9 años) he aprendido muchas cosas y también he olvidado otras; he aprendido a valorar aún más a mi familia, he aprendido que las personas no brindan una amistad desinteresada, siempre buscan conveniencia, aprendí a aceptar a los demás así tengan gustos, inclinaciones, creencias y costumbres diferentes a las mías, aprendí a no creer en las apariencias, aprendí a callar mis problemas y triunfos, aprendí a reconocer las cosas buenas y tomarlas y dejar de lado las malas, aprendí a pelear decentemente sin necesidad de violencia de ninguna índole; aprendí que nunca es tarde para profesionalizarme, aprendí a dar gracias hasta por las malas experiencias, en suma son múltiples las cosas que he aprendido, de igual modo las que he olvidado son cuantiosas entre las cuales está que olvide perdonar, olvide pensar primero en los demás, olvide el gusto por los chismes, olvide que las ancianas son nobles, entre otras; son muchas las cosas que olvide o talvez me obligaron a olvidarlas, pues las decepciones en estos sitios son muy comunes.
Aquí la vida es muy monótona por eso siempre he tratado de estar ocupada para no pensar en todo el tiempo que llevo, en todo lo que extraño, y en el tiempo que me falta para volver a ser libre físicamente “que desafortunadamente no es poco”.
Debido a esto mi convivencia con las compañeras y personal de guardia se ha basado en el respeto, cumplo con lo establecido dentro del reglamento para poder exigir mis derechos; tengo un lema que sé que molesta a las dragoneantes cuando les digo “yo peleo mis derechos de la mano de mis deberes” digo que les molesta porque noto contrariedad en su actitud cuando me escuchan decirlo, pues la realidad es que ellas, las dragoneantes quieren siempre tener la razón y odian que se les gane la batalla así sea de vez en cuando y en cosas casi sin importancia, pienso que estas actitudes son normales en nosotras las mujeres.
En esta triste pero enriquecedora experiencia de estar en prisión se asimila que la tranquilidad es el máximo estado que debemos buscar mientras estamos de este lado de la reja, no tiene precio y es limitada; pero yo ya la sé encontrar y me siento afortunada por esto, es sencillo sólo consiste en no reproducir lo que se ve y se escucha, no preocuparse por la vida de los demás, cumplir con los deberes, ser agradecida, no hacer negocios con cualquiera, cultivar los valores y cualidades, nunca pero nunca perder los principios que nos inculcaron en el hogar y para concluir tener claro que esto algún día quedará atrás y será HISTORIA.