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Abuelos, son y serán enseñanzas eternas

Por: María Aurora Orjuela Erazo

Asignatura: Gramática

Desde que cumplí quince años, y tenía conciencia, pensaba que mi infancia iba a ser genial, con solo una hermana, abuela y madre. Mi abuela, nacida en Boyacá y gran parte criada en Antioquia, de genio voraz, pero muy maternal, de costumbres demasiado católicas, pero a la antigua. Mi madre fue la única que se quedó viviendo con mi abuela, los otros hermanos salieron de su casa buscando su propio futuro, siendo la menor, se quedó para cuidarla, hasta sus últimos días de vida.

En medio de mis sueños de ir a la escuela, portar un uniforme, llevar una lonchera, poder estudiar, leer, escribir y de operaciones básicas de matemáticas, pues ya mi madre me las había enseñado, luego se cruzan las ideologías y enseñanzas de la matrona católica; hasta que un día mi abuela decide que el estudió es “para las vagabundas”, que las mujeres solo estamos para conseguir marido, tener hijos y estar presta para cuando ellos quisieran hacer uso de uno “sexo”. La comida nunca faltaba, siempre todo en abundancia, la cosa era simple, a mis cinco años debía madrugar a las cuatro de la mañana a montar la olla en una hornilla de leña, construida en el patio trasero de la casa, cinco años no son impedimento para aprender a cocinar estilo campo, las delicias de la casa las preparaba subida en una caneca de pintura vacía; primero preparaba la leña para poder prender la hornilla, cosa que nunca sucedía, y como por cosa de magia aparecía mi abuela con un palo de madera, asentando dos golpes para que pudiera prender, al final ella lo hacía. Colocaba una olla con agua para el caldo, al otro lado de la ramada estaba yo, moliendo maíz para las arepas y envueltos, pensando en que llegara las seis de la mañana para irme a la escuela.

 

Los niños como dicen por ahí suelen ser muy crueles, pues nunca me dejaron olvidar mi exquisito olor a humo, pero no me importaba, lo único que quería, era tener en mis manos cuadernos, lápices y siempre estar muy feliz, porque de regreso a casa iba hacer mis tareas; pero es bien sabido, que la felicidad es efímera, pues a las cinco de la tarde, ya estaba cenando y preparándome para empezar el rosario, a las seis de la tarde, ya tenía que estar dormida. Muy inteligentemente le hacía creer eso a mi abuela, y me iba a un lugar de la casa donde no lograra verme y prendía una vela, para poder escribir en mi cuaderno, pero también era fue fugaz, aproveche la luz de la pantalla del televisor del mueble que había, pues era lo suficientemente grande para que me diera luz, y con una cobija hacia una casita con el televisor dentro, pero de nuevo termino muy rápido.

 

Mi madre que salía de casa muy temprano, desde las 4 de la mañana hasta las 10 de la noche por su trabajo como camarera en un hotel, no se daba cuenta de cómo debía luchar en casa por mi derecho de estudiar.

 

Mi hermana todavía muy pequeña, me acompañaba en lo que hoy día pienso que eran aventuras, siempre a mi lado, sólo desaparecía cuando se estaba robando las guayabas del árbol que había en la mitad del patio, para ir a venderlas y comprar leche que me gustaba tanto, álbumes y muchas figuritas para pegar. Al pasar del tiempo ella fue creciendo y su cabello también, el que perdió en un juego de Peluquería.

 

Después de tantos años, mi sueño de estudiar y mi educación se fueron convirtiendo en un camino muy luchado, por el catolicismo de mi abuela, todo era pecado, hasta la forma de hablar, mirar, vestir, incluso la forma de pensar; Sin que ella supiera lo que pasaba por mi mente, fueron muchos años que pasaron, sin que ella accediera a ningún cambio, y aun ese sueño no se realiza; así como no se realizó tampoco el sueño de mi abuela, que yo aprendiera a lavar ropa blanca a punta de manduco, mucho menos a brillar las ollas con ceniza de arroz, también fueron muchos años los que se desgasto enseñándonos, pero definitivamente estar parado debajo del rayo del sol, fue más fuerte que mis ganas de aprender, realmente no me veía como ama de casa, solo quería estudiar y llegar al éxito.

 

El pasar de los años y ahora que mi abuela y mi madre ya no están, veo que ellas tenían su propia forma para educarnos, preparándonos para la vida, todos esas experiencias las recuerdo como una sonrisa, pero la hace más profunda cuando esa sonrisa viene acompañada de la fortaleza, empuje y amor con que ellas lo hacían, que también quedaron en mí, y hoy en día no se borran, aun más cuando el recorrido del camino, encuentro historias similares, donde se refleja que la formación del antes, era muy atrevida, pero la educación era mucho mejor, más dedicación, amor  y mayor entrega.

 

Hoy en día, ni siquiera la educación se aprecia, no se le encuentra gusto por aprender, sobre todo con tantos medios que hay, entretienen, pero desvían que es lo que significa ser exitoso, la mayoría de los jóvenes no piensan autónomamente, sino que imitan, lo cual significa que será así de generación tras generación, hasta que de pronto después de la ley chancleta, aprueben la ley de la no palabra entre padres e hijos.

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Realizado por programa de Comunicación Social - UNIMINUTO. Centro Universitario Ibagué

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